Una historia personal que terminó convirtiéndose en una pregunta de categoría: por qué la lencería de lactancia ha sido pensada durante tanto tiempo desde la función, y no desde la mujer.
Soy Anisa, fundadora de Generation B.
Esta marca no nació solo de una experiencia personal. Nació del momento en que entendí, con claridad, que una categoría entera llevaba demasiado tiempo resolviendo la función sin mirar realmente a la mujer.
Durante años trabajé como ingeniera. Mi identidad estaba profundamente ligada al pensamiento, a la estructura, a los resultados, a la posibilidad de construir. Vivía mi trabajo como un espacio de exigencia intelectual, ambición y sentido. Y durante mucho tiempo, esa parte de mí ocupó un lugar central.
En 2022 mi vida me llevó a Villahermosa, al sur del Golfo de México. Poco después llegó el embarazo, luego la maternidad, y con ella un cambio de escala en todo: en el cuerpo, en el tiempo, en la energía, en la forma de habitarme. También llegó algo más difícil de nombrar: la sensación de ir perdiendo una identidad que durante años había sido una parte esencial de mí.
No tenía una red de apoyo cercana. Éramos mi esposo y yo aprendiendo a ser padres en tiempo real. Llegaron las noches sin dormir, la repetición, el cansancio, la sensación de que la vida se había estrechado de golpe. Para mi esposo, probablemente lo más duro fue la falta de sueño. Para mí, fue sentir que me estaba quedando sin espacio interior. Extrañaba el pensamiento, el trabajo, la exigencia, los retos. Extrañaba reconocerme.
Con el tiempo entendí también otra cosa: que, dentro de ciertas estructuras corporativas, conciliar la maternidad con una carrera profesional ambiciosa puede volverse profundamente difícil. La expectativa de disponibilidad seguía intacta, pero mi vida ya no era la misma. Ahí comprendí que no volvería al trabajo como antes. Y perder esa estructura fue, al mismo tiempo, un duelo y una revelación.
Luego vino el cuerpo.
El cuerpo después del parto. El peso que no se va. La distancia entre la mujer que una recuerda y la mujer que ve en el espejo. Como muchas otras, yo también había leído sobre aceptación, gratitud y paciencia. Pero la experiencia concreta de habitar un cuerpo cambiante no siempre se deja ordenar con frases correctas.
Y una noche, mientras alimentaba a mi hijo, pasó algo que terminó de poner todo en palabras. Estaba cansada, llena de leche, con el cuerpo cambiado, usando un brasier de H&M. Y en esa imagen tan simple vi algo que ya no pude dejar de ver. Empecé a buscar lencería de lactancia bonita. También sexy. Busqué en inglés, en español, en ruso. Incluso hice buscar en otros mercados. No encontré nada que realmente respondiera a lo que yo estaba necesitando.
No era solo una cuestión estética.
Era una falla más profunda.
Lo que el mercado ofrece
Durante años, la categoría de lencería de lactancia se ha construido alrededor de una lógica muy estrecha: acceso rápido, practicidad básica, solución temporal. La mayoría de las propuestas responden a una sola pregunta: cómo abrir la copa. Pero la lactancia transforma mucho más que eso.
Transforma el volumen del pecho.
Transforma su sensibilidad.
Transforma el modo en que una prenda toca el cuerpo durante horas.
Transforma la relación de una mujer con su imagen, con su deseo, con su sensación de continuidad consigo misma.
Y, sin embargo, gran parte del mercado sigue ofreciendo lo mismo: piezas utilitarias, visualmente pobres, muchas veces pensadas para ser toleradas, no elegidas. Prendas que cumplen una función mínima, pero que no acompañan de verdad la complejidad física, estética y emocional de esta etapa.
Por qué eso no funciona
El problema no es que una prenda sea funcional.
El problema es cuando la funcionalidad se diseña como si la mujer tuviera que desaparecer dentro de ella.
Durante la lactancia, una mujer no necesita solo acceso. Necesita soporte. Adaptación. Suavidad. Inteligencia en la construcción. Menos fricción. Menos capas. Más respeto por un cuerpo que cambia varias veces al día. Y también necesita algo más difícil de medir, pero igual de real: verse a sí misma y reconocerse.
Esa es la parte que la categoría ha subestimado durante demasiado tiempo.
Como si, en esta etapa, la mujer ya no necesitara belleza.
Como si el deseo estético fuera frívolo.
Como si sentirse bien consigo misma fuera secundario frente a la función.
Yo no lo creo.
Y, de hecho, creo que ahí está una de las mayores cegueras del mercado.
Porque una prenda que acompaña la lactancia no toca solo el cuerpo. También toca la forma en que una mujer atraviesa su día, su cansancio, su identidad y su percepción de sí misma.
La categoría que imaginamos
Generation B nació de esa incomodidad, pero no se quedó en la crítica. Nació para proponer una respuesta distinta.
No queríamos diseñar desde la lógica de “resolver lo mínimo”.
Queríamos diseñar desde la mujer.
Desde un cuerpo en transición.
Desde una etapa de enorme exigencia física y emocional.
Desde la convicción de que función y belleza no deberían excluirse.
Por eso, desde el inicio, pensamos la categoría de otra manera.
No como “lencería de lactancia” entendida solo como una herramienta temporal.
Sino como lencería para mujeres que amamantan.
La diferencia parece sutil, pero cambia todo.
Cuando el punto de partida es la función aislada, el resultado suele ser una prenda fría, básica, intercambiable.
Cuando el punto de partida es la mujer, la función se integra de forma más inteligente, más respetuosa y más bella.
Qué proponemos en su lugar
En Generation B hablamos de integrar, adaptar y elevar.
Integrar, porque la función no debería vivirse como una capa añadida y torpe, sino como parte natural del diseño.
Adaptar, porque el cuerpo en lactancia no es estático, y una prenda pensada para esta etapa tiene que responder mejor a esa realidad cambiante.
Elevar, porque esta categoría necesita subir de nivel: en construcción, en sensibilidad, en estética, en la forma en que piensa el bienestar femenino.
No diseñamos para idealizar la maternidad.
Diseñamos para acompañarla con más inteligencia.
No diseñamos para romantizar el cansancio.
Diseñamos para reducir parte de la fricción cotidiana.
No diseñamos para que una mujer “se conforme” durante esta etapa.
Diseñamos porque creemos que precisamente en esta etapa merece más cuidado, no menos.
La experiencia que faltaba
Cuando hablé con otras mujeres que habían amamantado, escuché una y otra vez versiones distintas de la misma historia: compraron algo práctico, algo beige, algo sin forma, algo que querían sacar de su vida apenas terminara esa etapa. Eso me confirmó que no estaba viendo solo una necesidad personal. Estaba viendo un vacío de categoría.
Y ahí entendí lo esencial:
la lencería de lactancia no es una prenda periférica.
Es una de las prendas más constantes de ese periodo.
La que acompaña todos los días.
La que toca la piel cuando el cuerpo está más sensible.
La que puede sumar incomodidad o aliviarla.
La que puede reforzar la desconexión o ayudar a restaurar una forma de presencia.
Si esa prenda ocupa un lugar tan central, ¿por qué el mercado la ha tratado durante tanto tiempo como una solución menor?
El origen real de Generation B
Generation B nació cuando perdí una parte importante de mi identidad y, al mismo tiempo, pude ver con una claridad nueva todo lo que la categoría no estaba viendo.
Nació de una pérdida, sí.
Pero también de una observación.
Y después, de una decisión.
La decisión de no aceptar que, en una etapa tan intensa, una mujer tuviera que elegir entre función y estética.
Entre practicidad y dignidad visual.
Entre resolver y reconocerse.
Yo quería crear una respuesta que acompañara a la mujer sin infantilizarla. Que respetara el cuerpo cambiante sin castigarlo visualmente. Que integrara función real y una experiencia más bella de uso. Que dijera, en su propia construcción, algo distinto sobre esta etapa.
Tal vez por eso pienso en Generation B no solo como una marca, sino como una forma de reformular la conversación.
No porque la categoría necesite más ruido.
Sino porque necesita más visión.
De la renuncia a una nueva referencia
Mi deseo nunca fue crear “algo bonito” encima de una categoría que sigue pensando igual.
Mi deseo fue participar en un cambio de referencia.
Mover la conversación de la resignación a la intención.
De lo utilitario a lo integrado.
De la invisibilidad de la mujer a su presencia otra vez en el centro.
Eso es, para mí, Generation B.
Una respuesta a lo que faltaba.
Una nueva forma de pensar una prenda que durante demasiado tiempo fue subestimada.
Y, sobre todo, una manera de recordar que la lactancia transforma el cuerpo, sí, pero no debería borrar a la mujer dentro de él.
Con cariño,
Anisa
Founder, Generation B